Ejercicios Espirituales: En la otra orilla
Hace poco más de un mes estuvimos de ejercicios espirituales y un par de curiosos de nuestra familia twittera (@ManoloJCR y @MGonjal) nos dijeron que si podíamos contarles cómo eran.
Pusimos la petición en manos del Señor y, como creemos que podía ser bueno, aquí estamos redactando una nueva publicación que esperamos te parezca interesante. Por cierto, si te gusta no dudes en compartirla.
Lo primero que queremos decirte es que los ejercicios que realizamos nosotras no son muy diferentes a los de cualquier otra persona. Lo que tal vez los hace distintos son nuestras circunstancias. Vivir en clausura ya es en sí una auténtica experiencia de buscar a Dios permanentemente y de encuentro con Él; la oración es uno de nuestros pilares y a diario gozamos de muchos momentos de silencio y soledad; sin embargo, a pesar de eso, los días de ejercicios siguen siendo siempre algo especial. Es el momento de darse un poquito más, de afianzar y enriquecer nuestra relación con el Señor (al que consideramos nuestro Esposo). Para nosotras los ejercicios no son días para resolver
problemas o despejar dudas, sino para acortar distancias con el corazón de Jesucristo; para desnudarse; para darse cuenta de que,
con tanta carga, no podemos disfrutar de los bienes del Espíritu y que tenemos
que aligerar nuestro corazón para poner en sintonía nuestra vida con la
del Señor.
En esta ocasión nos acompañó el padre Manuel (O.F.M. de Cartagena) y de entre todos los pasajes de la Sagrada Escritura que abordamos con él queremos compartirte algunas de las reflexiones que nos hizo a la luz de los siguientes versículos del evangelio según san Marcos:
Ya subidas a la barca gozamos con la Palabra de Dios y las exhortaciones del padre Manuel, quien comentaba que todos conocemos nuestra orilla, lo que damos de sí, nuestras virtudes y defectos. Nos advertía de que la mayor distancia con el corazón del Señor la vemos en la voragine de problemas, de quejas, de críticas, de dimes y diretes que hay... y explicaba que esto sucede porque solo transitamos nuestra orilla, nuestras cosas, nuestras tradiciones, lo que siempre hemos hecho. Y nos hacía reflexionar ante esta cuestión:
¡Qué pena que a veces podamos, incluso, olvidarnos de cuál es nuestro rumbo! El Señor nos regala una vocación para vivirla en plenitud y no para que nos dejemos llevar por los impulsos mundanos. ¿Tú te has parado a pensar alguna vez para qué te llama Dios? Si no lo has hecho te recomendamos que empieces a discernir sobre el tema (y si necesitas consejo o ayuda por aquí estamos). Dios te llama principalmente para que busques la santidad. ¿Y cómo puedes hacerlo? Pues a través del matrimonio, de la vida religiosa o de la soltería. Da igual tu estado o condición. Sea cual sea el lugar en el que te encuentres... el Señor te invita a dejar tu orilla, tus cosas, tu manera de ver, pensar y sentir, a dejar de encontrarte seguro en todo lo que haces y dices.
Te invitamos a que, al igual que nosotras, te pares a pensar ¿cómo de lejos estás del Señor? ¿Cómo está tu alma? En apariencia puede parecer que lo buscas pero... ¿lo haces de verdad o es mera apariencia?
"Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a solas a un lugar desierto." (Mc 6, 30-32)Nosotras nos sentíamos como esos apóstoles, Jesús nos llamaba para hacer un alto en el camino y examinar qué estamos haciendo en esta vida. Él se centraba en nuestro estilo de vida, la vida contemplativa femenina, pero sus consejos, como podrás ver, valen para cualquier persona.
Ya subidas a la barca gozamos con la Palabra de Dios y las exhortaciones del padre Manuel, quien comentaba que todos conocemos nuestra orilla, lo que damos de sí, nuestras virtudes y defectos. Nos advertía de que la mayor distancia con el corazón del Señor la vemos en la voragine de problemas, de quejas, de críticas, de dimes y diretes que hay... y explicaba que esto sucede porque solo transitamos nuestra orilla, nuestras cosas, nuestras tradiciones, lo que siempre hemos hecho. Y nos hacía reflexionar ante esta cuestión:
¿Cuántas veces no pesan más los problemas en las relaciones personales o la lucha de poderes que nuestra relación de amor con Dios?
¡Qué pena que a veces podamos, incluso, olvidarnos de cuál es nuestro rumbo! El Señor nos regala una vocación para vivirla en plenitud y no para que nos dejemos llevar por los impulsos mundanos. ¿Tú te has parado a pensar alguna vez para qué te llama Dios? Si no lo has hecho te recomendamos que empieces a discernir sobre el tema (y si necesitas consejo o ayuda por aquí estamos). Dios te llama principalmente para que busques la santidad. ¿Y cómo puedes hacerlo? Pues a través del matrimonio, de la vida religiosa o de la soltería. Da igual tu estado o condición. Sea cual sea el lugar en el que te encuentres... el Señor te invita a dejar tu orilla, tus cosas, tu manera de ver, pensar y sentir, a dejar de encontrarte seguro en todo lo que haces y dices.
Te invitamos a que, al igual que nosotras, te pares a pensar ¿cómo de lejos estás del Señor? ¿Cómo está tu alma? En apariencia puede parecer que lo buscas pero... ¿lo haces de verdad o es mera apariencia?
Si quieres avanzar en serio no lo dudes y busca un director espiritual. Decía el padre Manuel que a veces parece que resultara posible ir por la vida del Espíritu a lo que salga, como si se
pudiera improvisar, como si uno con sus propias fuerzas se fuera a encontrar con el
Señor, con la Virgen o con la madre Santa beatriz (el padre, por la parte que nos toca, mencionó a nuestra madre fundadora pero valdría cualquier otro santo). Y nos advertía de que las cosas de Dios no funcionan así sino, como María, a los pies de la cruz, mirando y oyendo.
Señalaba también que, a veces, se hacen las cosas con quejas, esperando que alguien nos lo reconozca y señalando al que no hace nada; pero con esa actitud lo único que conseguimos es que el Señor nos diga "¡Qué distante estás de mi corazón. No me conoces!". Y al hilo del título de los ejercicios nos lanzaba otra pregunta sobre la que pensar:
¿Estoy yo a la orilla de Dios o estoy en otra orilla?
Y nos contó muchísimas cosas más, todas ellas muy interesantes, que no se podrían redactar por aquí. Si alguna vez ya has tenido la oportunidad de hacer algún retiro te invitamos a que sigas participando en ellos siempre que puedas. Si nunca has ido a uno te recomendamos que tengas las experiencia porque no encontrarás en la vida nada que te llene más que tener un encuentro personal con Dios. Si no sabes dónde acudir a unos ejercicios déjanos un comentario y a
ver cómo lo solucionamos, que igual podemos organizar un retiro de fin
de semana en la hospedería de nuestro monasterio con un ratito de locutorio para
conocernos. ¿Te gusta la idea? Escríbenos.



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